martes, agosto 30, 2005

Segunda Etapa

Cuando desperté el avión sobrevolaba las costas de España. El trayecto más largo había quedado atrás. Eran las 05:30am y mi mente y emoción dormían aún...
No puedo recordar que pensamientos tuve hasta el aterrizaje, lo que sí se es que lo que fuera que estuviera pensando desvaneció abruptamente para dar lugar a la desesperada histeria cuando anunciaron el descenso sobre la ciudad de Madrid. Sólo tenía dos tarjetas de embarque: una que decía “Buenos Aires – Barcelona” y otra que decía “Barcelona – Dublín”... ¡¿Cómo se suponía que fuera de Madrid a Barcelona por todo los dioses?! Traté de calmarme y pensar en frío, pero el terror ya había ganado terreno. Temblaba sobre mi asiento como una vieja hoja quebradiza a merced del viento otoñal y balbuceaba cuando quería pronunciar una frase. Un sonido se abrió camino por mi descontrolado estado mental permitiéndome escuchar la puerta de embarque para los pasajeros en tránsito a Barcelona. Grabé el número en mi cabeza; con pasaje o sin él, yo tomaría ese vuelo.
Pisé el aeropuerto de Madrid Barajas a las ocho menos veinte, hora local. Atravesé los pasillos como mejor pude y desemboqué en un largo túnel, llena de desconcierto. El silencio era casi absoluto. Miré a mi alrededor; el pasillo tenuemente iluminado, los negocios cerrados y ni una persona recorriendo esa inmensidad inverosímil. Casi podía ver un fardo de pasto seco rodando frente a mi, impulsado por un viento fantasma. Busqué desesperadamente algún representante de Iberia, pero el stand destinado a esta empresa estaba vacío. Y las pocas personas que comenzaron a materializarse en mi locura temporaria eran sólo pasajeros.
Me senté intranquila con los puños apretados. El mundo se agigantó a mi alrededor, me sentía un pequeño escarabajo buscando cobijo en medio de una estampida de elefantes. Veinte interminables minutos más tarde ya había más gente a mi alrededor y se abrió una única puerta de embarque. Afortunadamente (a esta altura ya no daba nada por sentado) con destino a Barcelona. Me dirigí decidida a la puerta, con cara de mala tratando de infundirme valor para argumentar, y mostré mi boleto con destino Dublín sin decir palabra... ¡Me dejaron pasar!... Mi cuerpo entero se aflojó de pronto y me fallaron un poco las piernas. Me senté, con un sudor frío por todo el cuerpo y una sensación de vértigo, y de a poco comencé a cubrirme de una nueva tranquilidad. Pero esa paz no duró mucho. Sabía que el vuelo de Madrid a Barcelona era de una hora aproximadamente. Eran las 08:08am y aún no nos habían hecho abordar. Mi vuelo de Barcelona a Dublín salía a las 09:40am. Até los cabos en mi mente...

“Allí van mis 30 minutos de tiempo para el trasbordo... No, aún mejor!!, entre el abordaje y despegue, ¿cuanto tiempo puede pasar? ¿30 minutos???. Considerándolo así, si nos hacen abordar inmediatamente, tendría 2 minutos para llegar a mi vuelo hacia Dublín... 2 minutos... un mundo de tiempo Connie!!! Sólo tenés que correr por un aeropuerto (si Connie, los indómitos, llenos de gente y terroríficos aeropuertos) a la velocidad de la luz sin perderte a medio camino... Horror... Desesperación... No llego... Control, control, control... Controláte Connie... Soooo”

Odié esa sensación de incertidumbre e inseguridad que ya eran moneda corriente en el viaje. Me estaba lastimando las palmas de las manos de la presión que ejercían mis puños. Justo en el momento que estaba por ponerme a gritar como una desquiciada, nos llamaron para abordar... El avión, claro está, era de cabotaje y en un calculo rápido de pasajeros reduje mi tiempo estimativo de abordaje y despegue a 15 minutos; lo que hubiera ayudado un poco a mi control mental de no haber sido por el problema que presentó mi “no pasaje” cuando tuvieron que moverme de dos o tres asientos elegidos al azar por mi (Claro está, sin pasaje, no hay número de asiento...) El comandante de abordo (o algo así) declaró que debía haber confundido mi vuelo y luego, ante mi argumentación, dijo que no podía estar en ese avión sin pasaje (“Ahora... me quieren decir que estaban pensando las azafatas que me hicieron abordar y aún el empleado que me dejo pasar a la sala de abordaje si no podía estar en ese avión????!!!!”) Antes de que pudiera arrancarle la cabeza a mordiscones, este buen hombre recibió confirmación por radio del error en la designación del pasaje y muy amablemente me invitó a sentarme. Inmediatamente seguí su invitación, mis deseos de levantar vuelo lo antes posible eran mas fuertes que mi necesidad de destrozarlo a golpes. Desde el momento que me abroché el cinturón de seguridad un solo pensamiento se repitió incesantemente en mi cabeza como un disco rayado: “Tengo que llegar”.
Para qué decir que había pensado que la tortura había pasado cuando bajé del avión a las 09:30am... La entrada para pasajeros en tránsito estaba convenientemente bloqueada por un camioncito de equipaje. (“Por favor señor pasajero, no se vaya de España sin llevarse un sellito de ingreso en su pasaporte como souvenir. Tome su lugar en la fila de quinientos pasajeros frente a una sola ventanilla y no pierda esta oportunidad”). Ya empezaba a agradarme la idea de una camisa de fuerza, quizá me asomaba un risa histérica, junto con una fuerza que empezaba a sacar mis ojos de sus órbitas. Mostré el pasaporte y permiso de viaje con la mayor celeridad posible, y el buen señor detrás de la ventanilla osó mirarme con extrañeza a la vez que me preguntaba que hacía en esa ventana si era pasajero en tránsito (“Te lo digo a trompadas o metiéndote los documentos por atrás??”) Salí del cubículo a los trompicones, con el pasaporte entre los dientes, el permiso en una mano, el pasaje en la otra, y la mochila de mano revoloteando salvajemente de un lado a otro (“08:35.... corré Connie, corré como nunca corriste en tu vida”). Tenía que llegar en 5 minutos a la puerta de embarque número 49... Cuál no fue mi desazón al encontrarme con un pasillo interminable y un cartel que decía “Puertas 1 a 13”. Fijé mi vista en la distancia. Los carteles se sucedían prolijamente. Aunque no pudiera verlo, muy en el fondo, existía un cartel que rezaba “Puertas 37 a 45”... 45... Sí, “45”, porque después de correr hasta sentir que la vida se me escapaba del cuerpo, noté que la puerta 49 no existía... Sabía que no había escuchado mal, habían dicho 49 (“Dios mío, habían dicho 49!!). Una imagen pasó fugazmente por mi mente, parte de información fotográfica registrada mientras corría a todo motor por el aeropuerto: Un stand de Iberia. Sí, había visto un stand de Iberia...al desembocar en el pasillo de las puertas de embarque... Es decir, junto a la puerta número 1. Miré mi reloj, ya no tenía tiempo de volver en esa dirección (ni tampoco aire en mis pulmones) No había un solo panel de información sobre los vuelos. Mis piernas, que habían resistido tanto, finalmente se vencieron. No luché contra esa debilidad, me dejé caer en total impotencia con el llanto listo para el estallido. Entonces escuché ese anuncio que fue como un mensaje del mas allá: “El vuelo número 6904 de Iberia abordará con retraso por la puerta 32” Trastabillando, con un hilo muy fino de cordura, llegué hasta la puerta y me mezclé entre el gentío que esperaba. Abordé y tomé asiento junto a la ventanilla. Alise mi camisa y comencé a pasar las manos por mis piernas frenéticamente, como intentando convencerme que ya todo estaba en orden. El avión levanto vuelo, anunciaron un vuelo de una hora... Recién entonces, los sentimientos, que se habían mantenido al margen desde la noche anterior al viaje, estallaron con todas sus fuerzas... Una hora, sólo una hora me separaba de aquel sueño tan grande. Sólo 60 minutos después de tantos años de espera. Algo oprimió mi pecho y comencé a respirar trabajosamente, mi pierna derecha se movía rítmica e incesantemente, mis puños se abrían y cerraban una y otra vez, la piel de gallina y un escalofrío constante en mis hombros... Nada pensaba en ese momento, sólo se que esa algarabía física habrá durado unos 40 minutos aproximadamente... y que cuando anunciaron el descenso y vi los campos verde esmeralda de mis sueños a través de mi ventana, comencé a llorar... A llorar con fuerza y pasión; incrédula, incontenible, emocionada, deslumbrada, sobrecogida, esperanzada, agradecida, excitada, ansiosa... Y a la vez, con la paz mas plena y pura que había conocido... La anticipación del dulce descanso de mis tribulaciones.

martes, julio 12, 2005

Primera Etapa

Mi asiento se apoyaba sobre una de las ventanillas derechas del avión. A mi lado un asiento vacío, y sobre le pasillo un joven español. Una vez más mi mente se ató a sus costumbres, a su rutina, y me derivó a observar detenidamente las facciones de ese joven, despertando mi apreciación innata por los hombres. Parecía vivir una historia inconsistente: sentada en un avión rumbo a Irlanda, pensando como si tan sólo estuviera yendo a Rosario en un vetusto colectivo de larga distancia. Y a los pocos momentos volver a perder conciencia de la situación. Una especie de estado “alfa” permanente con pequeños momentos de lucidez.
Observé un instante los dibujos que formaban las autopistas porteñas, y los cuadros de colores que se extendían por debajo de mi ventana.
... Eran las 15:20hs del 2 de octubre del año 2000. Una frase resonó de golpe en mi cerebro contrastando con el profundo silencio que existía allí desde la mañana: “Bien, ya no hay vuelta atrás. Aquí estoy, en un avión, sola, rumbo a Irlanda...” Este pensamiento soltó una corriente helada que me recorrió de arriba abajo. Sentí que el corazón se empequeñecía y algo me oprimía el pecho con tal fuerza que tuve que hacer un esfuerzo para tomar aire. Mis manos se ahogaron en un hormigueo insistente y mi garganta se anudó ensañada. Había llegado el día... Parte de mi destino se cumplía, una parte de mi largo camino tomaba forma en este mundo. Tuve la sensación de que mi cuerpo estallaría en mil pedazos, pues me pareció muy pequeño para contener una emoción y excitación tan grandes. Pasó el momento fugaz y la luz blanca de la reflexión de las nubes me lastimó los ojos. Volví la cabeza y mi mirada se encontró con una butaca de avión. Estaba en camino, sí, pero aún faltaban 13hs para llegar siquiera a España. Y luego el trasbordo. El bendito trasbordo. Una operación que se me antojaba maquiavélica y casi imposible. Una prueba de concurso: “Llegue de un avión a otro en 30 minutos, atravesando los eternos recovecos de un aeropuerto que no conoce, y gane un viaje a Dublín! (Y un bonus por logro si su avión actual se retrasa!)”. Supongo que podría haberle preguntado a mi atractivo compañero de asiento la forma de manejar un trasbordo, y aprovechar así para entablar conversación. Pero la vergüenza infundada me lo impidió. Aún era la niña sumisa frente a la sociedad, aún me ganaban los miedos simples.
Recurrí a un libro para liberar la tensión, y me hundí en otro mundo. Maté ese tiempo que de a poco trocaba mi control en locura con dragones, magos, elfos y guerreros. Terminé por dormirme a una hora incierta, escuchando alguna melodía conocida por un canal del avión.
Desperté entre sueños, algo embotada, de golpe. Me rodeaba la oscuridad de un avión dormido y ese zumbido constante del vuelo veloz. Por la ventana se veía un relieve extraño, un marrón uniforme de gargantas y montañas. Desconozco el camino que habría tomado el avión y si sería posible ver algo desde tremenda altura en la noche. Quizá solo vi las reminiscencias de un sueño, pero no es lo importante. Estiré mi cuello tratando de identificar un signo de movimiento en el transporte. Nada. El silencio era dulce y mullido y el vuelo aportaba una serenidad tierna a mi mente. Emergió en la tranquilidad un recuerdo distante (en realidad no mucho, pero así me parecía. En ese avión toda mi vida hasta aquella mañana parecía algo realmente antiguo y lejano), una pregunta que me hiciera mi hermano: “Porqué Octubre? Porqué el 2 de Octubre?” En su momento sólo había podido responderle: “porque así tenía que ser”. Claro que esa respuesta no fue suficiente para disuadir los argumentos de los que me aconsejaban esperar un poco más, pero fue lo único que manifesté al respecto y tuvieron que aceptarlo ya que para mí era una certeza absoluta aunque no pudiera explicarla. Lo cierto era que no tenía el dinero suficiente para hacer el viaje con comodidad. Iba totalmente ajustada y medida a lo que había podido ahorrar en los 5 meses que pasaron desde el repentino instante en que había tomado la decisión. Y ciertamente Octubre no era la mejor fecha para tomarse vacaciones en el trabajo.

...El 1 de Enero del año 2000 a las 00:00hs había levantado una copa y brindado por un año nuevo con una tristeza profunda en el pecho. Mis ojos empañados eran el rastro que dejaba una esperanza prácticamente aniquilada. Quedaba poco en mi de todo lo que una vez había ansiado, sentía que mi Fe ya no podía sostener en sus hombros tantas añoranzas. De todo lo que había sucumbido solo sobrevivía el sueño más fuerte que había concebido, pero brillaba tenuemente, al borde de la extinción. En vez de intentar salvarlo, y tirar de el para guardar algún rastro de humanidad en mi, le di un empujón seco y determinante. Irlanda pasó a ser una sombra que prefería no mirar. Cerré una puerta de acero con cerrojo para no volver a soñar. En ese momento algo dentro mío se quebró y una voz gritó desde las profundidades de mi alma para hacerme despertar, más hice caso omiso a ese alarido y decidí continuar caminando, fría y fuerte... Transcurriendo, pero ya sin desilusiones, sin desolación ni desgarramiento. Claro que también, eso significaba sin emoción, sin regocijo, sin júbilo ni magia. Afortunadamente mis sentimientos encontraron un camino de supervivencia contra mi mente, y poco a poco, me fui vaciando por dentro, hasta perder todo rastro de lo que consideraba constituía mi personalidad. Y en ese vacío surgió la necesidad de sembrar de nuevo. Un día de Junio tomé la decisión de golpe, en un solo y corto pensamiento que se manifestó en una sola y contundente afirmación: me iría a Irlanda el 2 de Octubre. Haciendo unos cuantos cálculos de sueldos y aguinaldo me conformé con la suma que tendría en la fecha elegida, sin indagar ni preguntarme la elección arbitraria de mi alma respecto al día del viaje. Y ahora estaba arriba de un avión cumpliendo fielmente con aquella determinación distante...

El plácido ambiente amortiguado del transporte aéreo meció delicadamente mis pensamientos. Recordé aquel extraño proceso de “raspaje interior” que había comenzado a principios de año. Perdiendo poco a poco todo lo que conocía de mí, cada día me iba sintiendo más fría y sin sentido, pero sopesaba esa sensación con la certeza de que había un cambio en curso. Debía quemar toda la tierra para volver a sembrar. Y alguien, en algún lado, ya había calculado esto, y cual sería el momento justo para plantar la semilla. El 2 de Octubre, día de los ángeles guardianes. Día en que un letargo me hizo sentir en un seno maternal inventado, día en que al salir de ese trance sentí que todo era nuevo a mis ojos. Un nuevo nacimiento, una nueva oportunidad. No sabía, exactamente, en forma racional, porqué viajaba a Irlanda. Lo sabía en sentimiento. Viajaba para buscar la semilla que diera vida al suelo quemado, la única semilla compatible con mi suelo. La semilla de una tierra siempre verde...

... No sabría decir si tengo intuiciones o percepciones esotéricas, si sé que tengo certezas. Alguna que otra vez en la vida me surge una certeza que no es ni mental ni espiritual. Sólo es algo que se graba a fuego y sé, sin lugar a dudas, que ese algo es real y genuino, y nadie me puede convencer de lo contrario. Esta vez había surgido una certeza: Irlanda tenía la semilla que necesitaba para obrar el milagro que había esperado. Mucha gente se mostró en desacuerdo con esta postura mía, creyendo que estaba viviendo una ilusión inconsistente y que me golpearía muy duro. Pero como le manifesté a mi hermano; no esperaba una mágica solución a mi vida, sólo esperaba una semilla, que no obraría inmediatamente maravillas, que crecería poco a poco... Sabía que el nuevo nacimiento se produciría una vez de regreso, en los años que seguirían a esa travesía. Y como pasa las veces que tengo “certezas”, fue exactamente así como sucedió.

... El zumbido del avión ganó terreno, me bañó el sopor de la noche y volví a caer en un sueño extraño.

viernes, julio 08, 2005

El Primer Paso

La cara preocupada de mamá empezó a tomar forma a medida que mi ojo cansado terminaba de abrirse. Ella me sonrió, pero le temblaban las manos. Con su acostumbrada servicialidad, apoyó la bandeja del desayuno sobre mis piernas. Su mirada me decía que hubiera querido estar así, sentada en mi cama, durante horas... Pero el tiempo apremiaba.
Mientras ingería el café a sorbos largos, me pregunté cómo me había sido posible conciliar el sueño. Bastaba con recordar el ataque de histeria que me había dominado la noche anterior para pensar que podría haber tirado todo por la borda... El miedo y los nervios me habían llevado al extremo de estar a un paso de resignar todo por mi seguridad y calma. La inseguridad y la tristeza vieja y retorcida casi me habían llevado a recomprar mi rutina y los ya conocidos Karmas de mi ser con la módica suma de una esperanza, la pasión y la posibilidad de cambio que tanto había ansiado. Quizá tan sólo había sido una ración condensada de todas las emociones que no habían ofrecido presencia alguna desde el momento en que decidí realizar el viaje unos 5 meses atrás. Extrañamente había pasado todo ese tiempo incapaz de comprender a fondo lo que me había propuesto... Y aún todavía, esa mañana, estaba lejos de reaccionar por completo.
El sol saludó por mi ventana, e incluso sentí que me sonreía... La mañana era serena y ya no ocupaba mi corazón la angustia y terror de la noche anterior... Por el momento sólo sentía emoción y un temblor incontrolable en el cuerpo.
Salí a la calle con mamá para comprar libras irlandesas... Quién hubiera dicho que después de haber esperado esta oportunidad por tantos años, estaría tan poco preparada en el umbral de la concreción de mis más fuertes deseos... Tanto tiempo añorando y rogando a los Cielos, y sin embargo, ningún preparativo más allá de la ropa y el bolso en el momento crucial.
El reloj corría y la mañana iba envejeciendo. Mamá estaba ansiosa, intranquila, nerviosa... Yo caminaba a su lado envuelta en una calma que me desconcertaba...
Sostuve el dinero en mis manos, miré los colores y rostros desconocidos del papel... Y aún así mi mente parecía no entender lo que estaba a punto de enfrentar.
Fue recién cuando cargué la mochila en mis hombros y me despedí de mis hermanos que noté que nada de lo que estaba haciendo formaba parte de mi rutina normal, que el que emprendía no era un viaje cualquiera. Pero aún no llegaba el momento en que bulliría mi emoción...
... Ese momento comenzó a marcar su origen en el taxi que me llevó al aeropuerto de Ezeiza. Mi mirada se perdió en las figuras fugaces de la autopista. El mundo no tenía sonidos ni imágenes definidas. Apenas alcanzaba a percibir un golpe rítmico en el pecho, y mi cabeza embotada llegaba a oír los ecos lejanos de esos latidos. Las manos crispadas sobre mi regazo. La mirada perdida, y una lágrima ausente rodando por mi mejilla... Vivía el silencio anterior a la tormenta, el mundo amortiguado de un niño a punto de nacer. Las voces que resuenan como a través de un muro. El conocimiento de lo que ha de acontecer, pero en pasividad... Una mente que no quiere preocuparse aún en analizar los pasos, prefiriendo un momento más el abrigo de un seno maternal inventado.
Ese cobijo y olvido momentáneos murieron con el súbito ajetreo de salir del vehículo y cargar la mochila. Los sonidos eran ahora estridentes, y lo que a mis ojos se presentaba parecía nuevo y enorme. Me envolvió una marejada de olores y sonidos, colores y texturas... El mareo dejó distinción en un solo punto: el largo pasillo hacia la puerta de entrada del aeropuerto. Me sentía pequeña y de paso lento, me pareció que pasaría la mañana entera caminando, sin llegar a ningún lado. Volvía a sumirme en ese mundo donde todo es lejano cuando mamá tomó mi mano y me devolvió a la realidad que conocía. No a un mundo de estridencias, colores y fragancias sin forma; si no a un aeropuerto, con gente yendo y viniendo... Al proceso de dirigirme a un mostrador con mi mochila cuestas... Sentí cierto alivio en regresar a mi mundo conocido; y dejar el bolso, cambiar el pasaje por un boleto de embarque fueron pasos rápidos y totalmente inconscientes. Aún divagaba entre un mundo y otro; entre la ansiedad y excitación, y la calma y el ensueño... Ahora sólo restaba esperar. Nos sentamos a la mesa de un bar y por un tiempo volví a olvidarme de mi futuro inmediato sintiéndome sólo una chica compartiendo una comida rutinaria con su madre. Hasta que el reloj marcó la hora indicada, y vi las lágrimas en su rostro marcado por el tiempo. Sentí su desesperación contenida en su abrazo, palpé en su voz el esfuerzo que hacía por dejarme libre... Mi mente también tenía una desesperación contenida, pero, por dentro, en secreto y escondido, algo saltaba con el júbilo más grande que hubiera conocido...
Abandoné aquel recinto de despedidas y comencé a atravesar el umbral de una esperanza.
... Desde el momento en que ingresé en la sala de espera, y aún mientras tomaba asiento en mi butaca 46L, un solo pensamiento ocupaba mi mente: ¿Cómo iba a lidiar con el trasbordo?

jueves, julio 07, 2005

The Best Is Yet To Come

Murmullos, sonidos, melodías, silencios, quietud, ajetreos, estruendos, calma…
Mi corazón espera, con ansias y miedos, sonríe satisfecho, pero cruza los dedos a escondidas. Está ciego al mundo circundante, sólo ve en el oscuro cobijo interior, donde no controla sus latidos; a veces se acelera y a veces cae en un letargo extraño. Está haciendo un recuento de memorias, buscando algo que le sea útil para lo que se avecina... Ha puesto en primer lugar una frase que leyó esperanzado en un libro de astrología (en un momento que este paso a tomar parecía imposible): “Llegó la hora, llegó, llegó...”. En segundo lugar está la inexperiencia; en el tercero la esperanza. En cuarto lugar ha puesto las dudas. Y va enumerando con ansiedad y desconcierto elementos que se contradicen constantemente. Pero, por sobre todos ellos brilla esa magia que siempre lo ha mantenido a flote... La magia que está por descubrir su cuna...
Este corazón ha conocido la oscuridad, ha sido padre de millares de lágrimas que acariciaron mis mejillas... Un corazón que siempre ha entonado un latido de soledad, que siempre se ha sentido sapo de otro pozo, que se ha roto demasiado rápido, demasiadas veces; ha sangrado y se ha desgarrado... Hasta entrar finalmente en un frío letargo, un coma médico, vaciándome por dentro, permitiéndome tan sólo transcurrir.
... Pero ahora hay un cambio en los vientos, y la internación ha terminado. Vuelven a escucharse sus golpeteos rítmicos... Y se siente como nuevo... No hay remedos ni cicatrices, no hay rasguños ni grietas. Late con fuerza, con pasión de nuevo...
Tiene en sus manos la llave de un sueño, y entre la emoción de poseerla, se contrae en dudas y miedos. Pero resistirá todo, no importa lo que pase... Seguirá firme en su decisión; rumbo a esa puerta azul que lleva hacia algo que cree desconocido, algo que espera hace tiempo... Porque este corazón sabe de qué está hecho, y conoce su mayor objetivo: Seguir sus Sueños.
... Pero teme a su destino, lo invade la duda de que este impulso no sea más que un antojo infantil. La hora se acerca... Está frente a esa puerta y coloca la llave en la cerradura. La siente cálida y suave al tacto, siente el abrigo de una ola de magia y recuerda... Y lo piensa dos veces... No se ha equivocado, siempre lo supo... No está persiguiendo un simple sueño. Está siguiendo el llamado de cuna, la voz maternal... Está regresando a su casa...
... Está yendo a Irlanda...

Irlanda

"Dicen que la madre tierra esta respirando con cada ola que besa la orilla... Su alma se alza en la tarde para abrir las puertas del crepúsculo. Sus ojos son las estrellas en el cielo, mirando nuestros pasos... Y su corazón esta en Irlanda, muy dentro de la isla Esmeralda"

¿Qué me llevo a este lugar? No sabría expresarlo... Un sueño, un deseo, una fuerza mayor que mi razón, que mis conocimientos... Un sentimiento en el alma, una emoción intensa, una calidez reconfortante... Una certeza... Certeza de hallar lo que aportaría la calma a mi ansiedad, certeza de una nueva oportunidad, una nueva sonrisa, de una posibilidad de llenar el vacío de mi corazón con una nueva canción, una nueva ilusión y optimismo.
Un día, hace unos 13 años aproximadamente, el nombre de esta tierra apareció en mi mente; sin razón aparente, sin poder relacionarlo con algo lógicamente... Y empecé a leer y a aprender sobre este lugar... Empecé a soñar con él, a emocionarme cada vez que algo relacionado con su geografía, su historia o cultura aparecía ante mí... Y comenzó a crecer el deseo, la ansiedad, la angustia por esta distancia, por la imposibilidad de pisar esos pastos verdes o tocar las pircas de piedra... La tristeza por esta lejanía, una añoranza que nunca había conocido, una necesidad de andar por sus caminos...
Sin aviso, de golpe, como sucede siempre que esta vida quiere sorprendernos, tenia un pasaje en mi mano y la posibilidad de alcanzar todo aquello con que había soñado... Un poco con miedo y dudas, un poco nerviosa de lanzarme sola a un lugar desconocido, tome coraje y me apegue al estribillo de una canción... Di un paso adelante y todo lo que esperaba resulto como lo había previsto... y aun mejor...

"Irlanda, estoy yendo a casa. Puedo ver tus extensos campos verdes y tus pircas de piedra. Estoy extendiendo mi mano, no vas a tomarla? Estoy yendo a casa, Irlanda"
(Ireland, I am coming Home. I can see your rolling fields of green and fences made of stone. I am reaching out, won’t you take my hand? I’m coming home, Ireland –Garth Brooks)